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Un regalo ejEMplar. Ver el vaso medio lleno.

Hace casi tres años me diagnosticaron Esclerosis Múltiple. Al principio no entendía mucho sobre la enfermedad, pero al ver a mi esposa llorar, supe que algo grave había cambiado en nuestras vidas. Con el tiempo, investigué y entendí que se trata de una enfermedad crónica y degenerativa, que se caracteriza por su impredecibilidad. Viene en episodios llamados “brotes” y cada uno trae consigo su propio desafío. Un brote puede ser tan simple como un hormigueo en las piernas o tan grave como perder la movilidad o la visión. Después de cada recaída, puede que te recuperes al 100%, o que queden secuelas. Un día puedes despertar como cualquier otro y al siguiente no ser capaz de levantarte de la cama.

Gracias a Dios, desde mi diagnóstico no he tenido brotes, solo la carga de la fatiga y algo de debilidad en los brazos, además de algunos mareos y dolores de cabeza, pero nada que realmente me preocupe. Sin embargo, el propósito de estas palabras no es hablar de la Esclerosis Múltiple ni de lo difícil que puede llegar a ser, sino de cómo afronté esta situación.

Mi esposa me dijo, “Parece que te dijeron que tienes gripa” (cuando recibí el diagnóstico), y es que, en ese momento, no vi la necesidad de lamentarme, de preguntarle a Dios “¿Por qué a mí?”. Sí, la verdad es que sentí el impacto, como si me cayera un balde de agua helada, pero ya estaba acostumbrado a bañarme con agua fría, así que lo vi como un regalo, como una oportunidad que Dios me daba para ser mejor persona. Y lo más positivo es que llegó en el mejor momento de mi vida: apenas dos meses después del nacimiento de mi hijo.

Antes de la EM, fumaba al menos una cajetilla de cigarrillos al día, tomaba alcohol todos los días y me excedía al menos dos veces por semana. Tenía 29 años, y no quiero imaginar cómo habría terminado si no fuera por ese "estate quieto" que me puso Dios.

Estuve internado tres días en el hospital mientras me administraban medicamentos para que el brote pasara. Cuando me dieron de alta, salí con el firme propósito de no volver a fumar y de reducir mi consumo de alcohol. Y gracias a Dios, hasta ahora lo he logrado.

Desde que recibí el diagnóstico, vivo mejor. Cada día que amanezco, le doy gracias a Dios por un nuevo día, por poder ver y caminar, por cargar a mi hijo. Porque la Esclerosis Múltiple no tiene un horario, no sabes cuándo aparecerá, y ese es el verdadero problema: la incertidumbre. Por eso, cada mañana despierto, muevo mis manos, mis pies, abro los ojos y agradezco por un día más, por un momento más de "normalidad". Doy gracias porque puedo besar a mi esposa, porque puedo abrazar a mi hijo. No sé qué sucederá mañana, o en unas horas, pero hoy pude, y por eso estoy agradecido con Dios, con la vida.

El deporte ha sido mi aliado en todo este proceso. Desde que salí del hospital, comencé a correr. Creo firmemente que el ejercicio, junto con el tratamiento médico, ha mantenido a la Esclerosis Múltiple alejada. El ejercicio me hace sentir vivo, me fortalece tanto física como mentalmente.

Con todo esto quiero llegar a un solo punto. He conocido a personas con Esclerosis Múltiple que, tras recibir el diagnóstico, se sumen en una profunda depresión. No salen de casa, se pasan preguntándose “¿Por qué a mí?” y se enfrentan a brote tras brote. Algunos tienen uno cada mes, otros se recuperan de uno y enseguida les llega otro. El denominador común entre estas personas es la depresión, algo normal después de recibir este tipo de noticias. Mi consejo, aunque nadie me lo pida, es ver el vaso medio lleno, no medio vacío. Ver el problema como una oportunidad.

Dios es sabio, mucho más que nosotros. Solo Él sabe por qué hace las cosas, y lo que sé con certeza es que todo lo que hace es bueno. Aunque no siempre podamos entenderlo, todo lo que nos pase, ya sea Esclerosis Múltiple, cáncer, desempleo, o cualquier dificultad, siempre será para bien. Dios nos ama y solo quiere que seamos felices. Aunque a veces todo parezca oscuro, llegará la luz. Solo hay que confiar y dejarse guiar por Él.

He conocido innumerables historias de personas que, después de recibir un diagnóstico terrible, se levantan y sacan lo mejor de sí mismas. En el mundo del deporte, he oído de diagnósticos de Esclerosis Múltiple, cáncer, problemas cardíacos y mucho más. Y lo que tienen en común todas estas historias es la fortaleza, las ganas de seguir adelante y de no rendirse. Son personas que le demuestran al mundo que “tienen una enfermedad, pero la enfermedad no los tiene a ellos”. Son personas que nos enseñan que siempre podemos ir más allá. Son personas que entendieron que el vaso está medio lleno.

Todos tenemos problemas, grandes, pequeños, medianos. Recuerda que todo pasa por algo. Hazle frente a tus dificultades, lucha, y que no te digan que no puedes. Claro que puedes. Todo es posible en esta vida, solo es cuestión de querer hacerlo. Sigue adelante, no te rindas.

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