La vida me ha dado innumerables oportunidades. También me ha regañado y golpeado, como si me gritara: “La estás arruinando, ese no es el camino, te estás perdiendo.” Y sí, me perdí por un buen tiempo. Volví a las andadas, me dejé llevar por la corriente, y terminé en un lugar muy oscuro, un lugar en el que, según yo, permanecí demasiado tiempo.
Pero creo firmemente que la vida es una escuela. Un espacio donde, con esfuerzo, determinación y un puñado de errores, puedes encontrar tu rumbo. Y si llegas a perderlo de nuevo —porque, sin duda, volverá a pasar— debes levantarte, sacudirte el polvo y empezar de nuevo. Lo único prohibido es estancarse, quedarse en el hoyo y rendirse. Rendirse no es una opción. Dios nunca se cansa de levantarte, y por eso debes seguir adelante, siempre adelante.
Con cada golpe, con cada herida, con cada pena, y también con cada alegría, tienes la obligación de continuar. Por ti. Por quienes te aman. Por Dios.
Hubo un momento en el que olvidé quién era. Por un instante, me convertí en lo que otros decían que era. Perdí mi esencia. Pero hoy estoy aquí, de vuelta. Por fin me encontré.
Hoy decidí levantarme. Hoy elegí ser mejor. Porque cada día es una nueva oportunidad de crecer, de transformarme en una versión renovada y mejorada de mí mismo. Dormir y despertar siendo el mismo es un desperdicio; cada día debo ser una mejor versión de quien fui ayer.
Estamos llamados a ser lo mejor de nosotros mismos. Cada día que se nos concede es un regalo, un privilegio que miles no tienen. Así que, por ellos, por ti, ¡sé mejor cada día! Sé más grande, más fuerte, más pleno. Aprovecha al máximo esta oportunidad porque el mañana no está garantizado.
Cuando llegue la noche, despídete de ti mismo. Analiza lo que hiciste bien y pregúntate: “¿Qué puedo mejorar mañana?” Cada día que no das lo mejor de ti, cada jornada en la que no te esfuerzas al máximo, es un día perdido.
Sé grande. Sé agradecido. Sé generoso. Y, sobre todo, vive con alegría.
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