Ya ha pasado algo de tiempo desde la última vez que escribí. En realidad, no sé por qué dejé de hacerlo; no sé si fue el ajetreo de la vida, el trabajo o los niños, pero el punto es que aquí estoy.
Estaba leyendo algunas de las entradas y me detuve a leer, a detalle, la de “Un kilómetro a la vez”. Me sorprendió la parte de no hacerle caso al cuerpo, sino hacerlo con el alma, con el corazón. Tantos años después, me doy cuenta de que olvidé ese consejo que me di. Porque no aplica solo en las carreras —que ya no hago tanto como me gustaría—, aplica en la vida, en el actuar diario.
Y creo, en general, que de eso se trata: de poner el corazón en todo lo que hagamos, de dejarnos, de entregarnos completamente en cada paso. No fluir con el río, no dejarnos llevar, sino nadar contra corriente y luchar por dejar una huella visible, una marca propia. En tu trabajo, en tu familia, incluso en tu entretenimiento: hazlo bien hecho. Y como escribí hace ya 10 años, no por los demás, no por el qué dirán; hazlo bien, hazlo con el corazón, porque Dios te ve, porque es la forma en que Jesús lo haría. Es la única manera posible.
Tú no eres alguien mediocre; estás hecho para brillar, para sobresalir, para resaltar. No te conformes con el “ahí se va”. Hazlo bien hecho o no lo hagas.
Ya a mis 40 años me doy cuenta de que he vivido mucho tiempo pensando en lo que dirán los demás, si lo aprobarán, si estaré haciendo el ridículo. Por esos pensamientos he dejado de hacer infinidad de cosas. Al final, lo único que importa es: ¿me ayuda a ser mejor?, ¿esto es lo mejor que tengo?, ¿me ayuda a ganarme el cielo? Si la respuesta es sí, hazlo. Si no, o cambias de actividad o la mejoras, hasta que la respuesta sea sí.
En resumen: siempre da lo mejor de ti, por ti y por Dios. Nada más.


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