Al pasar de los cuarenta, te cae el veinte de que ya no eres un niño; es el mejor momento para comprender que la vida pasa, realmente, en un abrir y cerrar de ojos. Al mirar atrás, es necesario reconocer esas oportunidades que se dejaron pasar por temor, por vergüenza o por falta de ganas, entendiendo que ese tiempo y esas posibilidades no volverán jamás.
Sin embargo, hoy es el día para detenerse en el presente, apreciar todo lo que sí se ha logrado y reconocer que es hermoso: contar con una familia excepcional, un trabajo que brinda felicidad y el regalo de la salud. Al mirar hacia enfrente, es momento de ver todo lo que falta por vivir, el tiempo por recorrer y el camino por andar, donde aguardan nuevas oportunidades para ser mejor, para crecer, para ayudar y para construir.
El tiempo es cruel: avanza y no se detiene, no espera a nadie y sigue su curso; por eso, no queda más que montar la ola, avanzar con ella y no detenerse. No hay que pensarlo tanto, hay que actuar y, con la ayuda de Dios, todo saldrá bien. Al final, solo queda dar gracias por todo, porque todo es bueno.
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